domingo, 24 de marzo de 2019

Carta semanal del Obispo de Lleida

El amor cuida la vida
Queridos diocesanos:
La Iglesia celebra el día 25 de marzo la solemnidad de la Encarnación, el Dios que se hace hombre como nosotros. El absoluto se hace concreto en la carne humana para compartir con la misma humanidad sus alegrías, sus dificultades y sus esperanzas. Es el día en el que hacemos memoria de María que acepta el reto de colaborar con Dios para que de ella nazca el Hijo. Todos recordáis la Anunciación del ángel Gabriel a una joven que vivía en una casa de Nazaret. Nueve meses más tarde celebramos el nacimiento, la Navidad, de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Ese mismo día 25 los cristianos celebramos la Jornada por la Vida con un lema, el que en este año da título a este comentario, que vincula el amor con la vida y que nos resulta muy aleccionador y nos ofrece un inmenso consuelo. Sólo quien ama de verdad es capaz de dar y cuidar de la vida propia y la de los demás. Eso mismo nos lo enseña nuestra fe. Frente a una idea de un Dios lejano que nos ha dejado solos y al que no le interesan las cuestiones humanas, se nos presenta una verdad muy diferente en la cercanía de ese Dios que se encarna. Nos dice san Juan que la indiferencia es la que mata el amor. Los cristianos afirmamos que Dios ha hecho suyo, por amor, todo lo que el ser humano vive y, de nuevo con palabras de san Juan: «he venido para que tengan vida y una vida abundante» (Jn 10,10). Ello nos obliga a eliminar todo aquello que mata y a procurar el trabajo, el cuidado y la preocupación por dar y prolongar la vida digna para todos.
La Iglesia proclama con fuerza que la vida es siempre un bien. Lo ha querido concretar a lo largo de su historia con abundantes orientaciones. La última referencia del papa san Juan Pablo II la escribió en su carta El Evangelio de la vida. Y también ha escrito cosas bellísimas el actual papa Francisco, como ésta de la exhortación Amoris laetitia, «La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» y esta otra en La luz de la fe: «El amor mismo es un conocimiento, lleva consigo una lógica nueva. Se trata de un modo relacional de ver el mundo, que se convierte en conocimiento compartido, visión en la visión de otro, o visión común de todas las cosas» (núm. 27) o aquella de El rostro de la misericordia: «La credibilidad de la Iglesia pasa a través del amor compasivo y misericordioso» (núm. 10).
En este camino de cuidar la vida nos encontramos con muchos compañeros de viaje que nos animan a no desfallecer en la proclamación de este gran principio a pesar de las infidelidades, de los pecados, de las incoherencias y de las oscuridades de muchos cristianos, laicos, consagrados y pastores que, en su actuar, llevan a la muerte y tenemos que ser valientes para pedir perdón y acudir a la justicia: por los abusos sexuales y de poder sobre niños y jóvenes que afecta a algunos de nosotros; por la violencia doméstica sobre todo contra las mujeres que llega hasta la repugnante trata y el comercio humano; por la utilización de los niños para la guerra; por las acciones terroristas bajo el pretexto de la etnia, de la religión o de la cultura; por al abandono de los ancianos y la no aplicación equitativa de remedios sobre los enfermos hasta la pretensión de solicitar la eutanasia como un final violento; por el uso del aborto que mata la vida del ser concebido y no nacido; por el desprecio hasta llegar a la aniquilación de los seres humanos por el color de su piel o por convicciones distintas.
A pesar de todo ello nos obligamos a predicar la vida, sabiendo que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras. Es una exigencia del discípulo del Señor. Y cuando no lo hacemos así estamos atentando contra lo esencial del ser humano. Contra su vida. Y sólo el amor es capaz de cuidar la vida. Con mi bendición y afecto. 
† Salvador Giménez Valls. Obispo de Lleida