domingo, 27 de enero de 2019

Carta semanal del Obispo de Lleida

La escuela. Lugar de encuentro (y2)
Continuación de la glosa de la semana pasada) Y la escuela debería ser siempre un lugar de encuentro. Donde los alumnos aprenden, maduran y se enriquecen humanamente, donde los docentes, y resto de personal auxiliar, prestan un servicio impagable y contrastan sus motivaciones y esfuerzos con sus compañeros; donde los padres, y resto de la familia, se sienten acompañados en su irrenunciable responsabilidad educadora. Y todos participando desde las propias convicciones en el bien común. Empezando por las autoridades que no deben entrar en la guerra, evitando la zozobra en las familias y ofreciendo al alumnado unas condiciones mejores para su formación.

A pesar de los deseos expresados, me parece que en esta última etapa de nuestra historia todavía hay en el ámbito escolar elementos que chirrían. Sólo me voy a centrar en uno, la existencia y, por desgracia, el adecuado encaje de la escuela estatal y la de iniciativa social. En estas décadas, desde la promulgación de nuestra Constitución y asentados en unas condiciones democráticas aceptables no hemos valorado bastante las dos redes de enseñanza. Sólo las hemos aceptado a regañadientes, como si no tuviéramos más remedio. En ocasiones da la impresión que los males de una se producen por efecto de los bienes de la otra. Y no es así. Falta transparencia en los datos y búsqueda de solución justa y equilibrada para todos puesto que las familias tienen los mismos derechos y aportan los impuestos exigidos. Además, es una obviedad, las leyes amparan ambas opciones porque están obligadas a respetar la libertad y la responsabilidad de todos los implicados en este mundo escolar. Las dos redes de enseñanza, la estatal y la de iniciativa social, se necesitan, se complementan y, sobre todo, satisfacen las exigencias de los propios padres. 
  Las dos redes de escuelas existen en nuestro entorno vital y prestan un gran servicio a la sociedad. En ambas abundan los buenos profesionales, muchas familias cristianas que llevan a sus hijos donde prefieren y unos alumnos que reciben una educación integral de acuerdo con sus capacidades y su edad correspondiente. La Iglesia católica ha apoyado siempre las iniciativas escolares y ha promovido gran cantidad de centros para educar de acuerdo a un ideario y ayudar y favorecer las convicciones religiosas de los padres. Pues bien. En estos últimos meses en los que se habla tanto de diálogo, de cercanía, de respeto, se produce, según mi parecer, una situación paradójica. Se siembra la sospecha sobre la escuela concertada, se discute su existencia o se amenaza con nuevas normas administrativas. Se remueve la base económica llegando a tratar a estas instituciones escolares como obsesionadas por los beneficios materiales. No se llega a acusar de robo. Se pontifica sobre las titulaciones de los docentes con insinuaciones indecorosas. Se habla de ricos y pobres, de atención o no a inmigrantes… Parece buscarse el enfrentamiento permanente. No debería haber controversia sino sentido común y coraje para educar hacia el respeto mutuo, el entendimiento y la aceptación de la libertad de los padres para cumplir su misión educadora. 
  Seguramente estoy pidiendo un imposible. O algunos me van a recordar que quiero mantener no sé qué privilegios que afectan a la propia Iglesia. Como obispo sólo estoy interesado en colaborar en que mejore nuestro sistema educativo y en que se respete la decisión de los padres. Por otra parte hay cristianos que viven y trabajan en ambas redes de enseñanza. Y a ellos me debo. Lamento las críticas sin base, la oposición sin argumentos o la defensa a ultranza de una sobre otra. Siempre pediré un pacto que a todos beneficia porque la escuela es un lugar de encuentro y no de confrontación.
Con mi bendición y afecto.              
+Salvador Giménez, bisbe de Lleida.